La sociedad actual vive inmersa en un cambio constante que, sin embargo, genera un mundo mucho más uniforme que el que hemos conocido hasta ahora. Antes la televisión y ahora internet y la telefonía móvil favorecen la transmisión y el intercambio de información y conocimiento.

La facilidad de comunicación y la inmediatez de la respuesta a través de las redes sociales permiten que la difusión de ideas, sucesos, proclamas y convocatorias produzca efectos inmediatos en los individuos y, por tanto, en la sociedad.

Curiosamente, en este mundo tecnológico y audiovisual el cambio se sustenta en la utilización intensiva del texto y, en muchos casos, del texto en la lingua franca del siglo XXI, el inglés. En relación con todo ello nuestra intención es analizar cómo se enfrentan las administraciones públicas al reto del fomento de la lectura, ya sea mediante campañas, creación y dotación de bibliotecas o planes educativos y cómo afrontan las editoriales las nuevas situaciones en la escuela a la hora de diseñar y desarrollar los contenidos educativos curriculares en este nuevo escenario.

1. El fomento de la lectura

Una sociedad lectora es una sociedad libre, diversa y desarrollada. El índice de lectura de la sociedad española nunca ha sido muy alto. Incluso en el momento actual en el que el analfabetismo prácticamente ha desaparecido, el porcentaje de lectores habituales todavía es inferior al de los países de nuestro entorno como fruto, entre otras causas, de una alfabetización tardía.

Es cierto que los índices más altos de lectura de libros se encuentran en el margen de edad comprendido entre 6-13 años (82,9%) y 14-24 años (82,4%), y que es el porcentaje correspondiente a personas mayores de 65 años (36,7%) el que más lastra el índice general, pero aún así el hecho fundamental es que en España se lee bastante menos de lo deseable. En general podemos afirmar que en primaria y primeros cursos de secundaria se lee bastante, pero en la adolescencia se pierden muchos lectores y solo el 67,7% del tramo de edad comprendido entre 25-34 años lee libros, lo que representa una caída de casi 15 puntos.

Las administraciones públicas se enfrentan a esta situación de muy diversas maneras, en muchos casos coincidentes, y siempre a partir de recursos limitados y utilizados de manera poco efectiva, a menudo debido a la complejidad del Estado autonómico. No es un problema de falta de interés sino de gestión ineficaz de recursos que, a su vez, se ven paulatinamente recortados por la situación de crisis que nos rodea.

También existen iniciativas desde el ámbito privado dirigidas a promover la lectura entre los jóvenes. Un buen número de «agentes» relacionados con la creación y comercialización del libro, bien desde sus asociaciones, bien con carácter individual, promueven y desarrollan infinidad de acciones destinadas a fomentar la lectura.

Sin embargo, y aunque los estudios que se realizan indican un cierto incremento en el índice de lectura, el resultado final de todo este esfuerzo no parece alcanzar el éxito previsto.

2. Las bibliotecas

Las bibliotecas, como el resto de agentes de la cadena del libro, se han visto directamente afectadas desde hace años por la irrupción y la extensa adopción en la sociedad de nuevas formas digitales de producción, distribución y consumo de las obras de creación. ¿Cuál es su lugar en la nueva sociedad de la información? ¿De qué manera tendrán que modificar o ajustar sus funciones de selección, recopilación y conservación y su garantía de acceso al conocimiento en un ecosistema informativo en permanente evolución, en el que nuevos agentes y nuevas tecnologías parecen colmar las expectativas y necesidades del más exigente de los usuarios? ¿Y cómo habrá de evolucionar el perfil profesional de los bibliotecarios para asegurar una aportación de valor añadido en este nuevo panorama?

El debate lleva años abierto, y en ningún caso puede zanjarse con reflexiones y propuestas de carácter general que descuiden la necesaria diferenciación y matización en función de los distintos tipos de bibliotecas: nacionales y regionales, públicas, escolares, universitarias, especializadas, etc. que a pesar de sus rasgos comunes presentan suficientes diferencias como para merecer una consideración específica.

Muchas bibliotecas de distintas clases están embarcadas desde hace años en proyectos de digitalización de sus fondos con el fin de preservar y extender su acceso, o los tienen entre sus objetivos. Numerosos interrogantes afectan a esos proyectos, como los relativos a su financiación, a sus fundamentos técnicos o a la colaboración entre el sector privado y el público. También preocupan las cuestiones legales relacionadas con los derechos de autor, tales como el tratamiento que debería darse en dichos proyectos a las obras mal llamadas huérfanas o a las obras descatalogadas.

En algunas bibliotecas no es de tanto interés la cuestión de la digitalización de sus fondos impresos como la de la integración en sus servicios de los libros electrónicos. En el nuevo ámbito de la lectura digital, ¿qué modelos de préstamo bibliotecario tendrán sentido desde un punto de vista cultural y económico para las bibliotecas y los lectores, pero también para los autores y los editores?

Si el entorno digital genera nuevas cuestiones –quizá nuevas perplejidades– relativas al papel de las bibliotecas, no es menos cierto que el modelo tradicional de distribución del libro impreso, aún vigente en gran medida, plantea situaciones que requieren debate y soluciones. Pensemos, por ejemplo, en la vieja cuestión de las vías, los mecanismos y los requisitos de las instituciones y administraciones titulares de las bibliotecas para la adquisición de libros y otros materiales, y en las tensiones que pueden provocar entre los proveedores.

Pero quizá el asunto de mayor actualidad y preocupación en torno a las bibliotecas no sea específico, sino común al resto del sector: el profundo impacto que la crisis económica mundial, y su manifestación especialmente virulenta en España, está teniendo en todos los procesos y eslabones de la cadena. Las reducciones presupuestarias de las administraciones centrales, autonómicas y municipales ya han empezado a hacer mella en la capacidad de las bibliotecas para ofrecer servicios atractivos y de calidad. Por tanto, estos recortes no harán sino incidir negativamente en una red bibliotecaria que, salvo quizá en el caso de las bibliotecas universitarias y a pesar de las inversiones de los últimos veinte años (en cualquier caso desiguales), nunca alcanzó en nuestro país el mismo desarrollo que el de otros servicios públicos.

3. Los planes educativos

Existe una relación directa entre el nivel de comprensión lectora y el éxito escolar. El informe PISA de 2009 muestra que un 20% de alumnos de 4º de la ESO (15-16 años) están por debajo del nivel mínimo requerido en lectura, siendo además un curso con un 36 % de repetidores.

Parece evidente que la inestabilidad del sistema educativo español producida por el hecho de no existir un consenso entre todos o la gran mayoría de los partidos del arco parlamentario es un factor que incide drásticamente en el fracaso escolar. La utilización partidaria de asuntos como el concepto de esfuerzo, el fracaso escolar, la inclusión o no de asignaturas tales como religión o educación para la ciudadanía, etc. conduce a un desencuentro que imposibilita la adopción de decisiones comunes y genera esta inestabilidad.

Sin embargo, existe una clara apuesta por la lectura en los planes educativos vigentes. Tanto en la Ley Orgánica 2/2006 como en los Reales Decretos 1513/2006 y 1631/2006 que rigen las enseñanzas mínimas correspondientes a la Enseñanza Primaria y Secundaria respectivamente se establece que los centros, al organizar su práctica docente, deberán garantizar la incorporación de un tiempo diario de lectura, tanto en todos los cursos de Primaria (no inferior a treinta minutos diarios) como en todas las materias de Secundaria (aunque en este caso no se especifica tiempo).

También se incide en la necesaria dotación de libros para las bibliotecas escolares puesto que son el pilar sobre el que deben apoyarse cuantas iniciativas se quieran desarrollar en el centro educativo, aunque no parece haber mayor precisión reglamentaria sobre las indispensables aplicaciones presupuestarias, ni obligaciones claras sobre disponibilidad horaria o garantía de atención fija profesionalizada a las bibliotecas escolares.

Por tanto, pese a los problemas derivados de los enfrentamientos políticos sí que ha existido voluntad y sí se ha intentado poner algunos medios (aunque seguramente no los suficientes) para mejorar la situación. ¿Por qué, entonces, no estamos obteniendo los resultados apetecidos?

4. El libro de texto

El libro de texto no universitario, según datos incluidos en el Comercio Interior del Libro 2010 (FGEE 2011), representa el 28,3% de la facturación interior del sector del libro, el 21,1% de los títulos editados (casi diecisiete mil) y el 13% de los títulos vivos en catálogo (unos cincuenta y siete mil). Se han imprimido casi sesenta y cinco millones de ejemplares con una tirada media de 3.863 ejemplares y se han vendido en torno a cincuenta millones de ejemplares.

El número de empresas editoriales especializadas, sin embargo, es reducido, y la oferta está muy concentrada en cuatro o cinco grupos.

El libro de texto tiene, además, una particularidad respecto al resto de libros: su precio es libre para los de enseñanza obligatoria. Pero en contra de lo que se podría pensar, sigue siendo el canal de librerías el más utilizado para su adquisición (45,6%) frente a hipermercados y cadenas de librerías que no alcanzan el 20% entre ambos. Tiene mucha más importancia la venta directa a colegios, que supone un 30,3%.

Otra particularidad es que los prescriptores de los libros son los profesores por lo que la labor comercial se realiza sobre ellos. Este ha sido siempre un tema muy controvertido que se ha intentado solucionar mediante la firma por parte de las editoriales asociadas a ANELE de un Código de Buenas Prácticas, que entró en vigor el 1 de abril de 2012.

Esta es la foto fija actual del sector del libro de texto pero, ¿qué le deparará el futuro? Las empresas del sector se encuentran en un momento crucial en que han de tomar decisiones estratégicas que pueden significar el ser o no ser de su actividad. La digitalización de los contenidos, su comercialización, las relaciones con las administraciones públicas, la gratuidad, la aparición de otros agentes ajenos al mundo del libro pero especialistas en comunicaciones…, todo conforma una situación extremadamente delicada pero que a la vez puede representar oportunidades únicas para posicionarse en el sector.

Por último, hay que indicar que no solo las empresas del sector se enfrentan a estos nuevos retos. Los centros educativos y el profesorado deben adecuarse también a las situaciones que, sin duda, en un futuro próximo deberán afrontar.

5. El libro de texto universitario

Según los datos de la FGEE, la venta de libros científico-técnicos y universitarios supuso en 2010 un total de 153,77 millones de euros; sin embargo solo 4 de cada 10 universitarios declara comprar algún libro para sus estudios. Si bien es verdad que, con la implantación de Bolonia, el clásico manual de asignatura deja de ser la herramienta principal de aprendizaje, a la tradicional reprografía ilegal azote del sector se le une el intercambio masivo de archivos digitales.

Sin embargo, el nuevo paradigma digital puede convertirse en un gran aliado del sector editorial universitario si consigue transformar sus recursos didácticos en productos más acordes con los nuevos entornos de aprendizaje. Bases de datos de información, ejercicios de autoevaluación, plataformas de gestión de la relación con el profesor, ediciones «customizadas» o «a la carta», entre otros, ayudarán a buen seguro a cambiar la tendencia bajista.

El debate propuesto

  • Campañas de éxito como «Libros a la calle» o el «Concursos LEA», ¿podrían adaptarse al ámbito de las redes sociales?
  • ¿Realmente se emplean menos recursos económicos que en otros países?
  • ¿Qué papel desempeña la escuela? ¿Y qué papel podrían jugar las bibliotecas escolares si estuvieran adecuadamente organizadas y desarrolladas? ¿Por qué la figura del lector no es atractiva socialmente? ¿Por qué no está relacionada con el éxito, y no solo intelectual/laboral sino también social?
  • ¿Cuál es el papel de las bibliotecas ante el fenómeno de la “desintermediación” digital en el acceso a la información?
  • ¿Qué falla en las relaciones entre las bibliotecas y otros agentes de la cadena, como las editoriales, las distribuidoras y las librerías?
  • ¿Qué retraso supondrán para la red de bibliotecas públicas los recortes de los presupuestos de las administraciones?
  • ¿Qué futuro les espera a las pocas bibliotecas escolares que existen en España?
  • ¿Qué nuevas estrategias de cooperación pondrán en marcha las bibliotecas universitarias en estos tiempos de crisis?
  • ¿Cómo están integrando las bibliotecas los libros electrónicos en sus servicios?
  • ¿Qué criterios, qué marco legal y qué modelos de negocio son necesarios para los proyectos de digitalización bibliotecaria?
  • Presencia de los agentes del mundo del libro en el centro educativo: editores y libreros.
  • Insuficiente arraigo de la biblioteca escolar en la legislación educativa, pues esta no garantiza su implantación en los procesos de enseñanza y aprendizaje ni la dotación de los recursos suficientes ni la dedicación horaria fija adecuada por parte de docentes formados para ello u otros profesionales competentes.
  • Problemática lenguas/autonomías/tiradas/precio.
  • Inestabilidad de los planes educativos.
  • Canales de comercialización tanto en papel como digital y plataforma de contenidos.
  • Prescriptores/labor comercial.
  • ¿Qué necesitan los textos universitarios para resultar más acordes a los nuevos métodos de aprendizaje?
  • ¿Cómo se puede frenar la reprografía ilegal?

Anterior capítuloSiguiente capítulo →

Todos los capítulos

Dejar una respuesta