El lector es la pieza clave de todo el entramado del libro; sin él, el libro no sería la mercancía que aporta claves culturales y de ocio a una sociedad, y es esa figura a la que los autores, editores, distribuidores y libreros están abocados necesariamente a escuchar y a tener en consideración. En la identificación del posible usuario-comprador-lector y sus gustos está la clave para acertar en la parte comercial del negocio; pero también existe la opción del lector-comprador-usuario que, en contraposición al anterior, busca la oferta y la necesidad del aprendizaje sereno y culto. Ambos son necesarios en el sector del libro y, por ello, hacer referencia tanto a los planteamientos tradicionales como a los nuevos es un sano ejercicio para entender al lector final.

1. El ocio y la cultura

¿Qué competencia encuentra el libro en otras ofertas de ocio y cultura? La respuesta inmediata sería: una competencia dura. En una economía de la atención –de la atención dispersa, podríamos añadir–,donde la lucha por el tiempo del consumidor es salvaje y la oferta de opciones de ocio y cultura se multiplica (internet, videojuegos, televisión, música, cine…), el libro compite con dificultad al exigir esfuerzo intelectual y concentración. ¿Está condenado a perder cuota frente a esas otras ofertas?

La respuesta exigirá análisis de tendencias y matizaciones en función de grupos de edad y niveles socio-económicos. Pero también hará falta realizar una consideración general básica acerca de la extraordinaria variedad del sector del libro, que acoge subsectores que satisfacen necesidades e intereses muy diversos (formación, información, moda, curiosidad, evasión…) y que podrían encuadrarse en segmentos de actividad también diferentes: hay un subsector editorial –o, mejor dicho, una oferta editorial– claramente enmarcado en el ocio, espacio en el que tiene que competir con otras propuestas de ocio, pero hay muchas otras ofertas editoriales cuyo ámbito es la educación formal, la formación personal, la cultura, la información general, la información profesional o científica, etc. Cada segmento puede tener, pues, un espacio distinto de competencia –más o menos reñida, regida por reglas y mecanismos distintos– con otro tipo de productos y servicios.

El análisis de esta cuestión requerirá también entender de qué manera la digitalización que afecta a todos esos dominios (entretenimiento, cultura, información, educación…) plantea un nuevo escenario de competencia en el que el libro puede tener nuevas oportunidades de éxito o nuevas dificultades.

Y, por último, será necesario plantear el asunto no en términos de pura competencia, sino interesándonos por las posibles alianzas, sinergias o incluso metamorfosis que, en cada ámbito, el libro pueda establecer con otras ofertas (videojuegos, bases de datos, redes sociales…) para mejorar su posicionamiento.

2. El prosumidor

El concepto «Hágalo usted mismo» no es reciente. Las nuevas tecnologías e internet han facilitado que cualquier persona, con unos pequeños conocimientos, sea capaz de llevar a cabo tanto la producción como la promoción de un libro. Sin embargo, el hecho de que las barreras a la entrada en el mundo de la edición sean menores no significa que cualquiera pueda convertirse en un editor. El papel del editor es cada vez más importante en un mundo en el que el exceso de información provoca mucho ruido y dificulta el conocimiento.

Hoy en día, la autoedición se perfila como una seria alternativa en el mundo de la edición permitiendo la aparición de nuevos modelos y revisando la cadena de valor tradicional. Para el sector editorial, la autoedición supone el aumento de la oferta y, sobre todo, un reto muy importante: el incremento de los contenidos permitirá poner en valor el papel del editor. Corresponde a este último conseguir que la sociedad siga valorando una profesión importante y necesaria.

La autoedición permite a los autores explotar otros modelos para acercarse al público; además, les posibilita la obtención de mayores márgenes, pues son ellos los que asumen todo el proceso editorial: corrección, maquetación, distribución, promoción, etc. No obstante, no todos los autores tienen la capacidad ni el tiempo necesarios para llevar a cabo este modelo y tendrán que recurrir a servicios editoriales de terceros para determinadas tareas asociadas al proceso editorial.

3. El acceso a los contenidos

El libro tradicional, que por ahora disfruta de la mayor cuota de mercado, ofrece una gran facilidad de acceso a sus contenidos a través de librerías y bibliotecas. Sin embargo, la red dispone cada día de mayor cantidad de contenidos y se está convirtiendo en la principal forma de acceso a los mismos. Es función de las editoriales que todavía no lo hayan hecho crear formas de acceso claras y sencillas, más ágiles para los lectores.

Por otro lado, es un hecho que la lectura gratuita ya está en la red y en las bibliotecas (cuando se trata del libro físico). El problema surge por la dudosa calidad de las traducciones y los textos que aparecen en la red, no avalados, prácticamente nunca, por un editor.

El lector/comprador del libro debe tener una oferta de pago que garantice la calidad del producto en todo momento en contraposición con los contenidos gratuitos. Mientras no sea así, se está construyendo un mercado gratuito que posteriormente será muy difícil de revertir.

4. Los dispositivos de lectura

Parte de la revolución de la edición digital se debe a la popularización de los nuevos dispositivos de lectura entre los lectores. Desde 2006, fecha de aparición de los primeros lectores de tinta electrónica (e-ink), hasta hoy, han aparecido y desaparecido muchos dispositivos. Las tabletas, con el iPad a la cabeza pero también los cada vez más utilizados smartphones, han provocado el cambio de hábitos de los consumidores, que cuentan con multitud de dispositivos para acceder a la lectura, además del ordenador personal. Es difícil saber hacia dónde se dirigen dichos dispositivos debido al avance continuo de la tecnología. No obstante, esta situación no depende de los editores, por dos cuestiones fundamentales e irresolubles. La primera es que el editor no fabrica los dispositivos móviles, por lo que está supeditado a las grandes corporaciones que sí lo hacen. En segundo lugar, el lector será el que decida finalmente cómo leer los contenidos, por lo que el desafío para el editor será ofrecer los contenidos empaquetados de forma distinta para que sea el usuario final el que decida cómo consumirlos.

La tendencia parece apuntar a que los lectores utilizan distintos dispositivos según los tipos de lectura. No hay uno solo que, de momento, permita cubrir todas las necesidades de los lectores actuales; sin embargo el ordenador, el smartphone, las tabletas y los eReaders parecen ser los elegidos por cualquier lector para el consumo de contenidos. Desde el sector editorial se despliega una necesidad de llegar al público a través de los dispositivos básicos ya popularizados o los que vengan en un futuro inmediato.

5. La lectura social

Aunque en un primer momento plataformas como EntreLectores o Lecturalia planteaban interesantes puntos de encuentro para los lectores en la red, y Planeta de Libros o Me gusta leer se convirtieron en considerables apuestas de los grandes grupos por crear su propia red, ha sido con la llegada de las páginas de suscripción y lectura social como 24Symbols, Booquo o Copia, por citar algunos, cuando la dimensión de la lectura social ha adquirido realmente un potencial como modelo de negocio y de distribución de contenidos.

A pesar de que estos espacios son muy recientes, representan una de las puntas de lanza de la innovación editorial (un compromiso que deberían tener todas las editoriales).

Ante todo, estas plataformas plantean modelos de socialización y compartición más adecuados a los nuevos hábitos de consumo de la demanda y desempeñan un importante papel en el futuro de la lectura digital, si bien todavía son muy incipientes.

6. Los lectores Premium

Una de las cuestiones que el sector debe tener en cuenta es que no todos los lectores son iguales, como tampoco lo son todos los contenidos y, por tanto, no pueden tratarse de igual forma. Muchas veces, alentados por los medios de comunicación, los debates se centran en la lectura de entretenimiento sin entrar a valorar otros tipos de contenidos.

Lo cierto es que los libros dedicados al ocio tienen muchos productos sustitutivos, tanto fuera como dentro del sector editorial; por ello, los modelos de negocio asociados al mismo incidirán en el precio como una variante fundamental.

Otros tipos de contenidos como los técnicos o los de alta cultura, reservados para un público minoritario y profesional, deberán ser tratados de forma distinta. El valor de uso que le otorgan los lectores es mayor, por tanto estarán dispuestos a pagar más por un producto de calidad aunque sea digital y, por tanto, el precio estará directamente relacionado con el número de veces de uso. Un libro de entretenimiento se lee, a lo sumo, una vez; un libro profesional se consulta muchas veces. Cada vez más los precios estarán asociados a la experiencia de uso y compra y no tanto a los contenidos en sí mismos.

7. Las actividades extramercado

Una parte de los debates sobre el libro se ha centrado en las actividades extramercado (término económico para denominar aquellas actividades que no se realizan en el mercado designado para ello), conocidas comúnmente como piratería. Una de las razones por las que el sector editorial no ha sido más proclive a la edición digital ha sido por la facilidad de compartir archivos a través de la red, archivos que escapan a su control y, por ende, a la remuneración tanto del autor como del editor. Para evitarlo se han creado algunos modelos anticopia (como el DRM, gestión de derechos digitales) que no han facilitado las cosas pues, por una parte, incumplen su cometido y, por otra, dificultan la experiencia de compra del usuario. Los lectores consideran un eBook con DRM como un archivo defectuoso y solamente las grandes plataformas de venta han tenido cierto éxito al otorgar DRM transparentes a sus compradores y evitar la mala experiencia que ha supuesto para el sector el DRM de Adobe Digital Edition.

Las actividades extramercado o piratería no pueden abolirse a través de leyes de imposible cumplimiento o dificultando al lector que accede a la copia dentro del mercado su experiencia de compra y uso del eBook. Demasiado cercanos están los intentos de la industria del cine y de la música de penalizar las descargas y perseguir a sus clientes tachándolos de ladrones para cometer el mismo error en la industria del libro. Sin embargo, no deja de ser imprescindible una seguridad jurídica suficiente para llevar a cabo negocios en la red, y eso incluye las normas jurídicas necesarias para impedir que terceros se lucren de manera fraudulenta mediante la distribución masiva no autorizada de contenidos digitales.

El debate propuesto

  • Los cambios de hábitos de los consumidores provocados por los avances de la tecnología.
  • El trabajo de edición y sus consecuencias en la cultura.
  • ¿El mundo del libro debe renunciar a su compromiso social?
  • ¿Los libros autoeditados son un producto de peor calidad o menos serio profesionalmente hablando?
  • Mejoras en la facilidad de acceso a los contenidos.
  • El margen entre lo legal y lo ilegal.
  • La compartición de archivos y la copia privada.
  • La piratería como fenómeno social.
  • El futuro del DRM.

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1 Comentario

  1. Ignacio Ugalde
    23/10/2012

    El futuro del DRM.
    Uno de los elementos que más ha definido, en mi opinión de manera negativa, el panorama actual de la edición del libro digital es el DRM o mejor dicho las respuestas ofrecidas a esta necesidad de control. A pesar de la experiencia previa del salto digital de la música, la industria y las instituciones políticas han sido incapaces de dar forma a un sistema que fuera capaz de salvaguardar los derechos de los autores y al mismo tiempo garantizara un sistema respetuoso con los más básicos derechos de la libre competencia.
    Como resultado al enorme vacío que se creo con la rápida expansión de la tecnología sólo se encontró tres respuestas:
    • Por parte de las administraciones y poderes públicos la más absoluta de las parálisis. Su más que lógica obligación hubiera sido crear un sistema de control compartido por productores, distribuidores y consumidores posicionando a todos en una situación de igualdad que hubiera preservando los principios básicos de la competencia y garantizado la libertad de expresión al asegurarse la variedad dentro de la industria. Esta actuación no puede considerarse como ninguna quimera o un imposible, y si se pueden crear marcos legales internacionales de seguridad en manipulación de productos alimentarios, se puede perfectamente crear un protocolo de control de los libros digitales.
    Frente a esta no-reacción los grandes emporios digitales tomaron diversas alternativas.
    • En el caso de Adobe intento por su cuenta y riesgo crear lo que precisamente se reclamaba a las instituciones públicas. De esta manera desarrollo un DRM teóricamente con una compatibilidad universal y que podrían utilizar todos los distribuidores de libros sin necesidad de grandes inversiones tecnológicas. El resultado hasta el momento ha sido incierto. Si por un lado la iniciativa es claramente interesante y de hecho muchos vendedores de e-books tomaron este modelo, a medio plazo el resultado está siendo más que dudoso. La experiencia de lectura es engorrosa para el lector encontrándose con trabas en algunos casos insalvables por incompatibilidades con equipos y sistemas. Esto último no es de extrañar si pensamos que muchos de los fabricantes de los equipos están creando sus sistemas propios.
    • Finalmente se ha repetido con éxito la política utilizada en el caso de la música: Creación de ecosistemas cerrados dentro de las empresas (Amazon, Apple..) que evitan la copia, aseguran el control a los productores, una experiencia agradable de lectura y el consumo exclusivo una vez se ha entrado en ellos. El problema más evidente es la creación de una situación que roza el monopolio y que para empezar deja fuera del mercado al 99% de los distribuidores. La situación se ha tornado tan ventajosa para estas empresas que a lo que estamos asistiendo en estos momentos no es ya un apartamiento de cualquier forma de competencia si no a la sistemática desintermediación de muchos de los tradicionales actores de la cadena de valor del libro. El fin es claro: Entre el productor y el lector sólo puede quedar uno….como los inmortales vaya. Pero este sistema a quién más duramente afecta es al consumidor al que se le transmite una falsa sensación inicial de “poseer sus libros” que tarde o temprano acabará por desvanecerse. Una vez comprado un libro en uno de estos ecosistemas el libro no puede salir de él. En realidad si el comprador se leyera la cuatro mil doscientas páginas de su contrato descubriría que lo que ha comprado es un derecho de disfrute en ciertas circunstancias. Si por un azar del destino yo mañana deseará abandonar mi relación con Apple debería igualmente abandonar todos mis libros, que hablando con propiedad no son míos. Igualmente una reciente polémica ha sacado a la luz la perdida total por fallecimiento sin posibilidad de herencia.

    Conclusión:
    Tras la retirada de las administraciones y el fracaso de alguna empresa de crear un sistema de control universal parece que a día de hoy sólo los sistemas cerrados empresariales triunfan. La parte negativa de este triunfo ya la hemos visto pero también hay un lado positivo: no es un sistema que pueda mantenerse a largo plazo.
    En primer lugar porque se mantiene sobre una concepción falsa que aplica el modelo de sistema de propiedad del libro físico “adaptándolo” a algo que sólo por convención llamamos libro y sólo por comodidad parece tener páginas. El tiempo ha demostrado que el sentimiento de propiedad es algo difícilmente transportable a un archivo digital y lo único que realmente es valorado por el consumidor es el mismo disfrute de su reproducción. Por otro lado la realidad legal es que además no los poseemos, puesto que a pesar de los que nos muestran los interfaces con sus directorios llenos de estanterías estamos viendo sólo una pura recreación y en ningún caso una realidad.
    Ante esta situación una reacción ha sido el intentar ahondar más en la sensación de propiedad, como hizo Apple en su momento con sus archivos musicales, liberando la compra en ciertas condiciones del DRM. Esto por supuesto de realizarse de manera masiva supondría un final del modelo actual pero ni tan siquiera creo que el camino final esté ahí.
    Fijándonos en la música, que es sin duda el adelantado en esto, el modelo se está dirigiendo a pasos de gigante hacia el streaming . Para empezar y tal vez lo más importante, estamos hablando de un sistema completamente transparente de consumo. Frente a las ficciones de posesión que venden a día de hoy las empresas distribuidoras el streaming no necesita de cuatro mil páginas para entender su naturaleza. Todos entendemos perfectamente que no poseemos el archivo y que sólo lo disfrutamos, entendemos que si un día dejamos de pagar simplemente dejará de sonar, entendemos que no lo podemos dejar en herencia y que si queremos poseer realmente el disco deberemos ir a una tienda y comprarlo en cd o vinilo. Tiene la inmensa ventaja para el consumidor del acceso casi universal a todas las obras y que podrá cambiar de compañía en el momento que le interese. Para el productor supondrá el control de la reproducción y la copia así como el acceso a un mercado más amplio y con más oportunidades. Los distribuidores, una vez superado el monopolio y “liberados” los clientes podrán entrar a competir en igualdad de condiciones.
    El que hasta ahora ha sido el gran inconveniente, la imposibilidad de estar conectado de manera permanente, está siendo superada por la conectividad universal y los sistemas de reproducción offline de estas tecnología.
    Creo sinceramente que está nueva forma de leer acabará dejando obsoletos los actuales sistemas de DRM, ofrecerá un sistema accesible para muchos de los implicados en el mundo del libro y los liberará de la servidumbre de los grandes emporios informáticos dibujando un futuro bastante más halagüeño que el actual.

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